Medicina Holística VII
El tratamiento de las enfermedades, cuando es parte de un abordaje holístico de la medicina, es un tratamiento integral. Se trata el proceso de enfermar, haciendo que el enfermo y su mundo participen en la tarea. No existen “fórmulas mágica” ni “recetas para todo el mundo”. El tratamiento holístico es un proceso voluntario y con compromiso de cada una de las partes. Si tus fuerzas no parecen suficientes para transitar el camino, no dejes de internarlo. Muchas veces se confunde el miedo y el dolor hacia aquello desconocido con no tener la voluntad y el deseo de estar mejor. El mensaje en esta situación sería algo así como “existe una forma diferente de vivir”.
El terapeuta que vive y practica una medicina holística, utiliza el tratamiento que considera el más efectivo, de acuerdo a su experiencia y la de otros. Puede utilizar la acupuntura, por ejemplo, o puede no hacerlo. Cuando se sugiere un tratamiento, se considera la mejor opinión para el caso determinado. Cuando no se está seguro se impone preguntar a otra persona. El compromiso personal que se adquiere es siempre de respeto.
El terapeuta es un orientador que asume la responsabilidad de aportar su punto de vista en cada caso. Cuando un buen terapeuta actúa con demasiada confianza en sí mismo y sus conocimientos, ha dejado de ser un buen terapeuta. Cuando un buen terapeuta comienza a garantizar resultados, ha dejado de ser un buen terapeuta. Cuando un buen terapeuta no considera la realidad de quien tiene enfrente, ha perdido el enfoque holístico, debe dejar de actuar como tal, corresponde iniciar su propio tratamiento con otro terapeuta.
Recordemos que medicina holística no es sinónimo de tratamiento holístico. Una persona con formación en medicina tradicional requiere formación holística y viceversa.
El siguiente es un listado de varias técnicas que se utilizan en tratamientos holísticos donde no se da más importancia a alguno de ellos. Diagnóstico justo, tratamiento adecuado.
Acupuntura Aeroterapia Algoterapia Apiterapia
Aromaterapia Ayurvédica Balneoterapia Biodanza
Bioretroalimentación Chi-kung Chocoterapia Cinesiterapia
Climatoterapia Colonterapia Cromoterapia Cronoterapia
Digitopuntura Do-in Esferodinamia Eutonía
Fitoteapia Flores de Bach Fonoterapia Gemoterapia
Helioterapia Hidropilates Hidroterapia Hierbas y suplementos
Hipnosis Homeopatía Iridologia Kirlian
Linfoterapia Litoterapia Magnetoterapia Masajes – masoterapia
Medicina china Medicina herbal Medicina quiropráctica Meditación
Mesoterapia Método Feldenkrais Método Rolfing Método Yuen
Musicoterapia Naturopatía Osteopatía Ozonoterapia
Pilates Psicología energética Quiromasajes Reflexología
Reiki Remedios caseros Risoterapia Ritmonutrición
Shiatzu Sofrología Tai-chi Talasoterapia
Terapia artística Terapia con caballos Terapia con delfines Terapia de peces
Terapia de regresión Terapia de sales Terapia gravitacional Terapia holotrópica
Trofología Tui-na Ultrasonoterapia Visualización
Watsu Yemoterapia Yoga Medicina Tradicional
Muchas de las técnicas anotadas más arriba son conocidas, otras no tanto. Algunas requieren de mucho dinero para su implementación, otras dependen enteramente de nuestra voluntad. El objetivo final es lograr convivir con uno mismo en un estado de armonía que llamamos VIDA PLENA.
sábado, 24 de abril de 2010
sábado, 17 de abril de 2010
Holismo en medicina SEIS
Hasta ahora hemos visto algunos aspectos de la vida cotidiana que se destacan en forma especial en el abordaje holístico de la medicina. Hoy veremos la herramienta que da unión a todo lo dicho: el lenguaje. Lenguaje como expresión, como identidad, como forma de vivir. Lo dicho y lo sugerido, lo explícito y lo sobreentendido. Si quieres aprender medicina, fija tu atención en el lenguaje de los médicos y de los pacientes, así como en el personal no médico. Podría ser una buena aproximación. Pero “aprender medicina” es una de tantas actividades que conforman la vida de una persona. Podemos ser algo más generales. Si quieres aprender a vivir, fija tu atención en el lenguaje de las personas que te rodean y en todas esas cosas que quieres comunicarte a ti mismo. “Fijar tu atención” se utiliza como sinónimo de “poner prioridades”. No todo lo dicho requiere de nuestra escucha, no todo lo sugerido requiere un comentario. Nuevamente nuestra formación como individuo se coloca en el centro. ¿Estás capacitado para poner prioridades? La respuesta se debe dar en cada caso concreto. Teorizar sobre lo que supuestamente uno haría carece de sentido.
Veamos un ejemplo. Tu hijo que nunca ha fumado; en un chequeo de rutina le solicitan una radiografía de tórax. Como se observa una imagen en el pulmón derecho se prosigue con otros estudios, llegándose al diagnóstico de cáncer de pulmón en un estadio avanzado. Treinta días más tarde fallece lejos de ti al encontrarse en otra ciudad, la despedida no pudo realizarse. Uno nunca está preparado para vivir el proceso de morir de un hijo. ¿Qué harías en esta situación? La pregunta carece de sentido. La respuesta es pura especulación. Cada detalle anotado en el ejemplo nos prepara para lo que vendrá. ¿Realmente crees esto? ¿La sospecha de la existencia de un tumor pulmonar te prepara para su confirmación? ¿Cómo le dirías a tu hijo que su diagnóstico es de una enfermedad en una etapa incurable? Dejemos tantas preguntas y cambiemos el enfoque.
No necesitas permiso para hablar con tu hijo pero puedes optar por ceder tu derecho a otra persona, tal vez otro familiar, el médico o un psicólogo que logre dar la noticia por ti. Puedes sentirte obligado a ser tu mismo quien enfrente la nueva situación por la razón que argumentes, pero esa obligación sigue siendo solo tuya, es una imposición tuya. Sentirse firme y poder enfrentarlo es parte del proceso de comunicar malas noticias así como sentirse con el deber de hacerlo. Pero ¿quieres hacerlo?
Todo lo anotado se aplica en cada uno de los pasos que llevan al diagnóstico y el tratamiento. Imagina: para obtener una radiografía de tórax hay que anotarse en policlínica, esperar la consulta con el médico, solicitar hora para el estudio, esperar el momento indicado, llevarle el estudio al médico, esperar que lo interprete y finalmente escuchar que es lo que tenemos (y lo que no tenemos). Cada paso aumenta nuestra angustia/ansiedad desde el lugar en que nos toca vivirlo, como paciente, padre, esposa, hermano, hijo, administrativo, enfermería, médico. Las cosas se complican cuando nos sentimos con la obligación a actuar y no podemos, cuando nuestros movimientos dependen de otros, cuando procedemos empujados por la culpa. Todo esto nos hace formar parte y a la vez generamos un espiral de sufrimiento que aumenta el dolor en todas sus dimensiones. Hasta aquí no hay nada malo, nada negativo. Todo nuestro ser reacciona frente a una situación que nos toca vivir o más bien, frente al cúmulo de situaciones que nos toca vivir.
¿Cuál es el tema en este ejemplo? ¿La muerte? Es uno de ellos. Además encontramos otros tantos como el dolor de perder algo que sentimos que nos pertenece; qué posición es la mejor frente a este diagnóstico; cómo acompañar en estas situaciones (la tarea más importante); cuándo hablar y cuándo mantener silencio, entre tantas otras.
Buscar respuestas a todo es más un juego que un encuentro con la certeza. Si nos toca vivir una realidad como esta, valoraremos el contexto en el momento, actuaremos de acuerdo a motivos que no siempre comprendemos y siempre daremos lo mejor de nosotros mismos. Una aproximación a situaciones vitales como esta, nos la ofrece el lenguaje. Se requiere de cierta tranquilidad interior para escuchar y ser escuchados, para oír y ser oídos. Los gestos hablan, las intenciones hablan, pero recuerda que el silencio también es parte de la armonía justa.
Veamos un ejemplo. Tu hijo que nunca ha fumado; en un chequeo de rutina le solicitan una radiografía de tórax. Como se observa una imagen en el pulmón derecho se prosigue con otros estudios, llegándose al diagnóstico de cáncer de pulmón en un estadio avanzado. Treinta días más tarde fallece lejos de ti al encontrarse en otra ciudad, la despedida no pudo realizarse. Uno nunca está preparado para vivir el proceso de morir de un hijo. ¿Qué harías en esta situación? La pregunta carece de sentido. La respuesta es pura especulación. Cada detalle anotado en el ejemplo nos prepara para lo que vendrá. ¿Realmente crees esto? ¿La sospecha de la existencia de un tumor pulmonar te prepara para su confirmación? ¿Cómo le dirías a tu hijo que su diagnóstico es de una enfermedad en una etapa incurable? Dejemos tantas preguntas y cambiemos el enfoque.
No necesitas permiso para hablar con tu hijo pero puedes optar por ceder tu derecho a otra persona, tal vez otro familiar, el médico o un psicólogo que logre dar la noticia por ti. Puedes sentirte obligado a ser tu mismo quien enfrente la nueva situación por la razón que argumentes, pero esa obligación sigue siendo solo tuya, es una imposición tuya. Sentirse firme y poder enfrentarlo es parte del proceso de comunicar malas noticias así como sentirse con el deber de hacerlo. Pero ¿quieres hacerlo?
Todo lo anotado se aplica en cada uno de los pasos que llevan al diagnóstico y el tratamiento. Imagina: para obtener una radiografía de tórax hay que anotarse en policlínica, esperar la consulta con el médico, solicitar hora para el estudio, esperar el momento indicado, llevarle el estudio al médico, esperar que lo interprete y finalmente escuchar que es lo que tenemos (y lo que no tenemos). Cada paso aumenta nuestra angustia/ansiedad desde el lugar en que nos toca vivirlo, como paciente, padre, esposa, hermano, hijo, administrativo, enfermería, médico. Las cosas se complican cuando nos sentimos con la obligación a actuar y no podemos, cuando nuestros movimientos dependen de otros, cuando procedemos empujados por la culpa. Todo esto nos hace formar parte y a la vez generamos un espiral de sufrimiento que aumenta el dolor en todas sus dimensiones. Hasta aquí no hay nada malo, nada negativo. Todo nuestro ser reacciona frente a una situación que nos toca vivir o más bien, frente al cúmulo de situaciones que nos toca vivir.
¿Cuál es el tema en este ejemplo? ¿La muerte? Es uno de ellos. Además encontramos otros tantos como el dolor de perder algo que sentimos que nos pertenece; qué posición es la mejor frente a este diagnóstico; cómo acompañar en estas situaciones (la tarea más importante); cuándo hablar y cuándo mantener silencio, entre tantas otras.
Buscar respuestas a todo es más un juego que un encuentro con la certeza. Si nos toca vivir una realidad como esta, valoraremos el contexto en el momento, actuaremos de acuerdo a motivos que no siempre comprendemos y siempre daremos lo mejor de nosotros mismos. Una aproximación a situaciones vitales como esta, nos la ofrece el lenguaje. Se requiere de cierta tranquilidad interior para escuchar y ser escuchados, para oír y ser oídos. Los gestos hablan, las intenciones hablan, pero recuerda que el silencio también es parte de la armonía justa.
sábado, 3 de abril de 2010
Holismo en medicina CINCO
Medicina Holística V
En el centro de la medicina holística no está “el hombre” como género, no están “todos los hombres”, por así decirlo. Tampoco lo está la enfermedad, aunque sea un evento inseparable de la vida cotidiana. El centro no lo ocupa la curación o el proceso curativo. En un abordaje holístico de la medicina quien se coloca preferentemente en el centro de atención es el individuo mismo: es una medicina de la persona. El paciente tiene un nombre que lo identifica, una realidad que lo caracteriza y requiere de un tiempo justo para una atención adecuada.
El término “el encuentro” es un acercamiento de dos mundos. Por un lado una persona que se coloca en posición de paciente en el sentido que reconoce que no puede manejar por sí misma una situación que lo deja perplejo, sin respuestas. Por otro lado se encuentra otra persona que podemos llamar médico o terapeuta que posee la disposición de ayudar a otra persona y para ello reconoce que no puede manejar por sí mismo todas las situaciones que lo dejan perplejo y sin respuestas. Para ello toma una posición de autoexigencia que llamamos “formación profesional”, proceso que termina con el fin de su propia vida.
De “el encuentro” surge un contrato que no requiere estar escrito. Contrato de medios, es decir, cada una de las partes se compromete a poner lo mejor de sí para lograr un fin. Este fin usualmente no es el mismo para el médico y para el paciente. El médico y/o el paciente pueden tomar como finalidad obtener el éxito terapéutico, o llegar a un diagnóstico de lo que está sucediendo, o solicitar estudios de alta tecnología solo por tenerlos o derivar a quien pueda llegar a estos fines. Se consideran un error estos abordajes. La finalidad del médico es lograr ser parte de un espacio terapéutico, donde el proceso de curar es eso: un proceso. Cuando hablamos de fin o finalidad, también va de la mano de éxito, fracaso, prestigio, omnipotencia. No es el camino.
Si tomamos “aceptación” como sinónimo de “curación” hemos dado un paso muy importante. Aceptación de la situación vital; del estado de enfermedad; del nivel de salud; de “esto es lo que tengo y no lo que podría tener”. No es lo mismo que “resignación”. Se requiere que seamos activos, cautos y sinceros. La resignación conlleva someterse a un destino que abruma. Cuando reconocemos que es posible hacer algo por mejorar, nos negamos a la idea de “a mi edad no es posible cambiar”. El camino hacia la aceptación es doloroso, pero se avanza más firme en cada paso, en cada etapa, hasta que el dolor se torna aceptable. Podemos convivir con él porque reconocemos su existencia, ya no nos desgastamos intentando escondernos de lo que vive en nosotros.
Con el transcurso de nuestras acciones y vivencias nos armamos “un mundo a nuestra medida”. El paso del tiempo es un evento natural y necesario. Una parte de nosotros se siente atada al tiempo y otra vive en nosotros sin importar si el tiempo ha pasado y cuanto. Recordar se encuentra unido a nuestros sentimientos y estos a nuestra forma de reaccionar frente a situaciones que nos involucran a nosotros mismos. Tal vez que lo que desencadena un sentimiento no sea una situación real. Imagina que alguien entró a tu casa en la noche, pero nadie ha entrado. La angustia que vives es real, desencadenada por algo que puede ser y no lo es, en este caso. La angustia no tiene tiempo, aprieta nuestro corazón, permanece con un recuerdo desagradable. Cuando surge, trae consigo todas aquellas situaciones angustiantes que se renuevan porque siempre han estado ahí. En el centro de esta historia siempre está uno mismo.
En el centro de la medicina holística no está “el hombre” como género, no están “todos los hombres”, por así decirlo. Tampoco lo está la enfermedad, aunque sea un evento inseparable de la vida cotidiana. El centro no lo ocupa la curación o el proceso curativo. En un abordaje holístico de la medicina quien se coloca preferentemente en el centro de atención es el individuo mismo: es una medicina de la persona. El paciente tiene un nombre que lo identifica, una realidad que lo caracteriza y requiere de un tiempo justo para una atención adecuada.
El término “el encuentro” es un acercamiento de dos mundos. Por un lado una persona que se coloca en posición de paciente en el sentido que reconoce que no puede manejar por sí misma una situación que lo deja perplejo, sin respuestas. Por otro lado se encuentra otra persona que podemos llamar médico o terapeuta que posee la disposición de ayudar a otra persona y para ello reconoce que no puede manejar por sí mismo todas las situaciones que lo dejan perplejo y sin respuestas. Para ello toma una posición de autoexigencia que llamamos “formación profesional”, proceso que termina con el fin de su propia vida.
De “el encuentro” surge un contrato que no requiere estar escrito. Contrato de medios, es decir, cada una de las partes se compromete a poner lo mejor de sí para lograr un fin. Este fin usualmente no es el mismo para el médico y para el paciente. El médico y/o el paciente pueden tomar como finalidad obtener el éxito terapéutico, o llegar a un diagnóstico de lo que está sucediendo, o solicitar estudios de alta tecnología solo por tenerlos o derivar a quien pueda llegar a estos fines. Se consideran un error estos abordajes. La finalidad del médico es lograr ser parte de un espacio terapéutico, donde el proceso de curar es eso: un proceso. Cuando hablamos de fin o finalidad, también va de la mano de éxito, fracaso, prestigio, omnipotencia. No es el camino.
Si tomamos “aceptación” como sinónimo de “curación” hemos dado un paso muy importante. Aceptación de la situación vital; del estado de enfermedad; del nivel de salud; de “esto es lo que tengo y no lo que podría tener”. No es lo mismo que “resignación”. Se requiere que seamos activos, cautos y sinceros. La resignación conlleva someterse a un destino que abruma. Cuando reconocemos que es posible hacer algo por mejorar, nos negamos a la idea de “a mi edad no es posible cambiar”. El camino hacia la aceptación es doloroso, pero se avanza más firme en cada paso, en cada etapa, hasta que el dolor se torna aceptable. Podemos convivir con él porque reconocemos su existencia, ya no nos desgastamos intentando escondernos de lo que vive en nosotros.
Con el transcurso de nuestras acciones y vivencias nos armamos “un mundo a nuestra medida”. El paso del tiempo es un evento natural y necesario. Una parte de nosotros se siente atada al tiempo y otra vive en nosotros sin importar si el tiempo ha pasado y cuanto. Recordar se encuentra unido a nuestros sentimientos y estos a nuestra forma de reaccionar frente a situaciones que nos involucran a nosotros mismos. Tal vez que lo que desencadena un sentimiento no sea una situación real. Imagina que alguien entró a tu casa en la noche, pero nadie ha entrado. La angustia que vives es real, desencadenada por algo que puede ser y no lo es, en este caso. La angustia no tiene tiempo, aprieta nuestro corazón, permanece con un recuerdo desagradable. Cuando surge, trae consigo todas aquellas situaciones angustiantes que se renuevan porque siempre han estado ahí. En el centro de esta historia siempre está uno mismo.
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