Medicina Holística V
En el centro de la medicina holística no está “el hombre” como género, no están “todos los hombres”, por así decirlo. Tampoco lo está la enfermedad, aunque sea un evento inseparable de la vida cotidiana. El centro no lo ocupa la curación o el proceso curativo. En un abordaje holístico de la medicina quien se coloca preferentemente en el centro de atención es el individuo mismo: es una medicina de la persona. El paciente tiene un nombre que lo identifica, una realidad que lo caracteriza y requiere de un tiempo justo para una atención adecuada.
El término “el encuentro” es un acercamiento de dos mundos. Por un lado una persona que se coloca en posición de paciente en el sentido que reconoce que no puede manejar por sí misma una situación que lo deja perplejo, sin respuestas. Por otro lado se encuentra otra persona que podemos llamar médico o terapeuta que posee la disposición de ayudar a otra persona y para ello reconoce que no puede manejar por sí mismo todas las situaciones que lo dejan perplejo y sin respuestas. Para ello toma una posición de autoexigencia que llamamos “formación profesional”, proceso que termina con el fin de su propia vida.
De “el encuentro” surge un contrato que no requiere estar escrito. Contrato de medios, es decir, cada una de las partes se compromete a poner lo mejor de sí para lograr un fin. Este fin usualmente no es el mismo para el médico y para el paciente. El médico y/o el paciente pueden tomar como finalidad obtener el éxito terapéutico, o llegar a un diagnóstico de lo que está sucediendo, o solicitar estudios de alta tecnología solo por tenerlos o derivar a quien pueda llegar a estos fines. Se consideran un error estos abordajes. La finalidad del médico es lograr ser parte de un espacio terapéutico, donde el proceso de curar es eso: un proceso. Cuando hablamos de fin o finalidad, también va de la mano de éxito, fracaso, prestigio, omnipotencia. No es el camino.
Si tomamos “aceptación” como sinónimo de “curación” hemos dado un paso muy importante. Aceptación de la situación vital; del estado de enfermedad; del nivel de salud; de “esto es lo que tengo y no lo que podría tener”. No es lo mismo que “resignación”. Se requiere que seamos activos, cautos y sinceros. La resignación conlleva someterse a un destino que abruma. Cuando reconocemos que es posible hacer algo por mejorar, nos negamos a la idea de “a mi edad no es posible cambiar”. El camino hacia la aceptación es doloroso, pero se avanza más firme en cada paso, en cada etapa, hasta que el dolor se torna aceptable. Podemos convivir con él porque reconocemos su existencia, ya no nos desgastamos intentando escondernos de lo que vive en nosotros.
Con el transcurso de nuestras acciones y vivencias nos armamos “un mundo a nuestra medida”. El paso del tiempo es un evento natural y necesario. Una parte de nosotros se siente atada al tiempo y otra vive en nosotros sin importar si el tiempo ha pasado y cuanto. Recordar se encuentra unido a nuestros sentimientos y estos a nuestra forma de reaccionar frente a situaciones que nos involucran a nosotros mismos. Tal vez que lo que desencadena un sentimiento no sea una situación real. Imagina que alguien entró a tu casa en la noche, pero nadie ha entrado. La angustia que vives es real, desencadenada por algo que puede ser y no lo es, en este caso. La angustia no tiene tiempo, aprieta nuestro corazón, permanece con un recuerdo desagradable. Cuando surge, trae consigo todas aquellas situaciones angustiantes que se renuevan porque siempre han estado ahí. En el centro de esta historia siempre está uno mismo.
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